Por Jorge Amil. Para mí, más allá del optimismo y el pesimismo, se me plantea la duda de si esta situación de depresión económica y social es real o ficticia. Ya sé que suena a disparate. Sin duda es real en el sentido de que las cifras no engañan. Cuatro millones de parados, sólo en España, entre los que me encuentro, no son ninguna tontería.

Pero me da por pensar en que es ficticia en el sentido de que la llave de la puerta de salida a esta situación la tiene una palabra sencilla y fácil de pronunciar y a la que sin embargo no es tan fácil darle crédito, no ya financiero -¡que también!-, sino de fe: confianza. Lo más grotesco del tema es que quienes tienen esa llave en la mano son los mismos que nos metieron a todos en este cuarto oscuro: los Bancos.

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La crisis económica y financiera que estamos atravesando está dando lugar a multitud de opiniones sobre la futura evolución de la economía tanto nacional como mundial. Por un lado están los optimistas que ya están viendo brotes verdes y que se apoyan en gráficos y cifras para decir que ya estamos iniciando la senda de la recuperación. Son los que ven el vaso medio lleno.

Por otro lado están los pesimistas que ven que la situación se puede alargar todavía bastantes años, sobre todo por el problema del elevadísimo desempleo existente en España, que yo veo muy difícil de solucionar. Son los que ven el vaso medio vacío.

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Los españoles gastamos menos, pero ahorramos más. Las cifras del Instituto Nacional de Estadística así lo atestiguan en una clara tendencia que se percibe desde principios del pasado año.

En el primer trimestre del año, la tasa de ahorro ha llegado al 7,9% de la renta disponible, casi cinco puntos por encima de la de hace un año. En Estados Unidos, un país especialmente gastador y volcado en el consumismo más agresivo, la tasa de ahorro se ha situado durante estos primeros meses del año 2009 en el 6% de la renta.

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El síndrome holandés, también conocido como “mal holandés” o “enfermedad holandesa” es el nombre general que se le asigna a las consecuencias dañinas provocadas por un aumento significativo en los ingresos de un país. El término surge de la década de 1960 cuando las riquezas de los Países Bajos aumentaron considerablemente a consecuencia del descubrimiento de grandes yacimientos de gas en el Mar del Norte.

Como resultado del incremento de ingresos el florín se apreció lo que perjudicó la competitividad de las exportaciones no petroleras del país. De ahí el nombre de este fenómeno, que si bien no se relaciona con el descubrimiento de algún recurso natural, puede ser el resultado de cualquier hecho que genere grandes entradas de divisas, como un notable repunte de los precios de un recurso natural, la asistencia externa y la inversión extranjera directa.

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