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En la antigüedad los países invadían con ejércitos, ahora lo hacen con empresas y productos. Si “invadimos” nosotros no pasa nada pero cuando somos los “invadidos” el interés personal o patrio sale a relucir y enseguida se alzan voces de protesta que exigen una barrera para frenar la “invasión”. Las ventajas de la especialización de personas y países son fácilmente constatables y son conocidas ya desde el siglo XIX. No obstante existen barreras pensadas para proteger a las empresas nacionales que en realidad lo único que hacen es perjudicar a los consumidores.

En comercio internacional sucede como el dicho del cura: a dios rogando y con el mazo dando. Los países ricos predican sobre la necesidad de abolir barreras pero en realidad los economicus no hablan de todas las barreras sino de las demás. En la maratón del comercio internacional muchos arrancan desde el kilómetro cero pero otros lo hacen desde el diez y solo unos pocos desde el veinte.

En un mundo contaminado y mercantilista nos esforzamos en proteger determinadas especies y animales que gozan de nuestro favor. Pero nos damos de bruces con la realidad. Día a día descienden el número de ejemplares de esta o aquella especie. Si las autoridades no admiten la sustitución de criterios políticamente correctos por otros más prácticos es inexorable que los animales en vías de extinción engrosen el catálogo de especies extinguidas.

Lo sorprendente es que, por incorrecto que parezca y dada la dificultad que entraña su protección, debemos admitir el sacrificio de algunos si queremos salvar a la mayoría. Es duro admitir que un particular buscando su propio provecho es capaz de resolver mejor este tipo de problemas que la más poderosa de las administraciones públicas. Se han ensayado fórmulas con éxito pero aún existen reparos y desconfianza en dejarles a algunos economicus algo que nos afecta a todos.

Limitaciones presupuestarias aparte, servicios como el alumbrado público o la educación pública no son suministrados en base a costes o precios sino por razones de interés público. La ventaja de estos y otros servicios públicos es que son proporcionados con independencia de lo que opinamos los usuarios sobre los mismos. El acceso libre es la gran virtud de los servicios públicos pero se trata de un paquete cerrado. Tanto si nos gustan como no, los ciudadanos somos cautivos de la calidad de los bienes y servicios públicos que nos proporciona el Estado. En la medida que la educación de nuestros hijos es gratuita o semigratuita no sabemos muy bien qué es lo que valoramos en ese pack cerrado que la administración pública nos ofrece. Y como los padres no lo tenemos claro poco pueden hacer las autoridades para corregir el pack que nos ofrecen aún en el caso de que tuvieran recursos para hacerlo. Mientras tanto se suceden los fallos y son destinatarios indeseados quienes se benefician de la mala asignación de unos recursos que pagamos todos.

Hoy día el trabajo asalariado constituye la principal, y muchas veces la única, fuente de ingresos de la mayoría de la población. Como bien preciado que es todos queremos acceder a un puesto de trabajo pero nos encontramos con muchas dificultades. Se trata de un juego con menos sillas que jugadores donde quienes están sentados se esfuerzan por impedir el acceso a nuevos jugadores. Existen muchas barreras pensadas para dificultar dicho acceso, a veces donde menos lo pensamos. Los trabajadores establecidos tratan de controlar el acceso de nuevos trabajadores para salvaguardar sus puestos y cobrar sueldos altos. Y es que si los recursos laborales son escasos más sobrevalorados estarán. Entre esos nuevos recursos o trabajadores se cuentan los inmigrantes y uno de ellos ha sido Kaká, el futbolista del Real Madrid. Kaká es un inmigrante legal que no ha venido en patera al cual no vemos como un inmigrante. ¿Qué es lo que hace que inmigrantes como Messi o Kaká pasen desapercibidos a diferencia de tantos otros?

Si se es la única empresa del mercado no es necesario fidelizar a los consumidores ni preocuparse de competir aunque habrá que estar muy pendiente de las leyes antimonopolio. Los economicus – piensa el ladrón que todos son de su condición – no solemos ver con buenos ojos a las empresas que tienen la sartén por el mango, esto es, a quienes unilateralmente pueden imponer precios y condiciones de venta al mercado. Si realmente nos fiáramos unos de otros no existirían las leyes antimonopolio y no habría problema en atribuirles buena fe a este tipo de empresas puesto que gozan de inmejorables condiciones para mejorar las condiciones de vida de todo el planeta. Los monopolios tienen su club de admiradores y razones de peso no les faltan tal y como veremos en este capítulo. La paradoja es que el mercado te dice que debes competir pero no tanto como para eliminar a toda la competencia porque en este caso serás sancionado.  Y si no, que se lo digan al gigante de la informática Microsoft…

Existe otro tipo de mercados en el cual las empresas no tienen que convencer a nadie de que son diferentes. Las barreras de entrada a este tipo de mercados, normalmente en forma de inversiones, son tan fuertes que son pocas las que pueden competir en él. Como los clientes son cautivos de estas pocas empresas, son muchas las tentaciones para no competir. No tiene sentido iniciar guerras de precios puesto que si todas lo bajan solo los beneficios disminuirían. Tampoco pueden no hacer nada porque entonces se les echarían encima las leyes de competencia alegando que se ha formado un cártel pactando precios o repartiéndose el mercado. ¿Qué hacer entonces? ¿Combatir de verdad o fingir que se combate? Por sorprendente que pueda parecer, la lógica del economicus suele llevar a este tipo de empresas todopoderosas a escoger la peor opción de las que pueden elegir. Descubra por qué nos castigan con publicidad los fabricantes de móviles, medias, compresas, automóviles y un largo etcétera.

El incentivo de obtener un mayor beneficio mediante precios lo más altos posibles hace que las empresas traten de limitar el acceso del número de competidores. Cuantos más competidores y menos diferenciado es un producto del de los demás, más difícil resulta cobrar precios altos o expulsar a la competencia. En consecuencia hay que luchar sin cuartel para defender la cuota de mercado y hacerse con la de los demás. La teoría es sencilla, la práctica no tanto. Las empresas economicus se buscan la vida para ser diferentes de las demás a ojos de los consumidores. Son muchas las llamadas pero pocas las elegidas. ¿Quiénes triunfan? ¿Cómo hacerlo? Convertirse en cisne mientras los demás son los patitos feos no es tarea fácil pero si se consigue el esfuerzo merece la pena. El premio es la fidelidad de los consumidores y los réditos numerosos puesto que el fabricante goza entonces de un margen más que amplio para variar el precio o las condiciones de venta.

En 1945 R.A. Radford, un británico que había estado preso en un campo de prisioneros en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, publicó un artículo en el cual detalló sus experiencias durante el cautiverio. Pudiera pensarse que centró su relato en las penalidades del cautiverio pero nada más lejos de la realidad. Con todo lujo de detalle, Radford describió una forma de organización económica única e irrepetible, tanto por las circunstancias y protagonistas del contexto histórico como por las peculiaridades de su funcionamiento. Utilizando como referencia uno de los artículos más conocidos de la historia económica en el presente capítulo analizaremos las características de la forma económica por excelencia: la economía de mercado. Y en ese funcionamiento subyace la mano invisible: el interés de los economicus es lo que hace que se promueva el interés de la sociedad. Pero a pesar de lo que pueda pensarse no todo depende del precio. La mano económicus es invisible, sí, pero tiene muchos dedos y no todos juegan limpio.

El sector público es fundamental en las organizaciones económicas y al frente suelen estar gobiernos elegidos democráticamente. En los sistemas democráticos son muchos los partidos políticos llamados a repartirse la tarta de votos. Pero lo normal es que gane el partido mayoritario de la Derecha-Cola o el partido mayoritario de la Izquierda-Cola. ¿No le sorprende que la liga la ganen siempre los mismos? Tanto unos como otros se comportan como un duopolio – un mercado donde solo existen dos empresas – para autoperpetuarse en el poder. Sucede en la mayoría de los países del mundo pero el caso español es sangrante por muchas razones. Al final y en la práctica, o mandan los unos o los otros, como si toda liga fuera del Madrid o del Barça, aunque eso sí con algún socio ocasional. La élite de quienes están al frente de estos partidos mayoritarios se alternan para gobernar España y, como buenos economicus y utilizando métodos legales que no morales, se refuerzan en el poder mientras impiden el ascenso de otras formaciones. ¿Se atreve a descubrir que realmente no vive en una democracia?

Me dicen desde la editorial que la cubierta que he publicado en el anterior post no es la definitiva. He aquí la que va a salir publicada en abril bajo el sello de Gestión 2000. Mis disculpas. Gracias por las numerosas muestras de apoyo y enhorabuena que ya he recibido tanto en mi correo como en el facebook. A partir de este domingo empiezo a desgranar la temática de todos y cada uno de los capítulos. Espero no defraudaros!

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