En la antigüedad los países invadían con ejércitos, ahora lo hacen con empresas y productos. Si “invadimos” nosotros no pasa nada pero cuando somos los “invadidos” el interés personal o patrio sale a relucir y enseguida se alzan voces de protesta que exigen una barrera para frenar la “invasión”. Las ventajas de la especialización de personas y países son fácilmente constatables y son conocidas ya desde el siglo XIX. No obstante existen barreras pensadas para proteger a las empresas nacionales que en realidad lo único que hacen es perjudicar a los consumidores.
En comercio internacional sucede como el dicho del cura: a dios rogando y con el mazo dando. Los países ricos predican sobre la necesidad de abolir barreras pero en realidad los economicus no hablan de todas las barreras sino de las demás. En la maratón del comercio internacional muchos arrancan desde el kilómetro cero pero otros lo hacen desde el diez y solo unos pocos desde el veinte.












