Hoy en día, un ciudadano de a pie disfruta de mayor calidad de vida que cualquier rey europeo de la antigüedad. ¿O cuanto creen ustedes que habría pagado el Rey Sol por disponer de una carroza autopropulsada llamada automóvil, hablar desde cualquier lugar del reino por un teléfono móvil o escuchar miles de conciertos música clásica gracias a un iPod? Si antes de los años ochenta se podía decir que en el planeta había un rico por cada cinco pobres, ahora ese ratio ha saltado por los aires. China, 1300 millones de personas, India, 1100 millones, Indonesia, 300 millones, Brasil, 200 millones, Rusia, 140 millones… han protagonizado una Revolución Industrial acelerada que ha enganchado a miles de millones de personas al vagón del Primer Mundo. Y no sólo eso, sino que algunas de esas naciones se postulan como las grandes potencias del siglo xxi. Si la Revolución Industrial marcó el auge de los mercados de los países que la emprendieron, la globalización, con internet y las nuevas tecnologías, ha derribado las fronteras entre los mercados de todo el mundo. El mercado se ha convertido en un fenómeno global en tan sólo veinte años pero tiene muy mala prensa. Y es que los economicus vivimos enfrentados a nuestros deseos: una cosa es lo que el mundo es, y otra lo que nos gustaría que fuera. Todo es mejorable pero objetivamente la humanidad está mucho mejor que antes. Pero el homo economicus es un inconformista nato. Hay quienes siguen viendo el vaso medio vacío.
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En la antigüedad los países invadían con ejércitos, ahora lo hacen con empresas y productos. Si “invadimos” nosotros no pasa nada pero cuando somos los “invadidos” el interés personal o patrio sale a relucir y enseguida se alzan voces de protesta que exigen una barrera para frenar la “invasión”. Las ventajas de la especialización de personas y países son fácilmente constatables y son conocidas ya desde el siglo XIX. No obstante existen barreras pensadas para proteger a las empresas nacionales que en realidad lo único que hacen es perjudicar a los consumidores.
En comercio internacional sucede como el dicho del cura: a dios rogando y con el mazo dando. Los países ricos predican sobre la necesidad de abolir barreras pero en realidad los economicus no hablan de todas las barreras sino de las demás. En la maratón del comercio internacional muchos arrancan desde el kilómetro cero pero otros lo hacen desde el diez y solo unos pocos desde el veinte.
Chávez ha sacado al ejército y a las fuerzas vivas a la calle para controlar los precios. Todo ello ha sucedido con motivo de la devaluación del bolívar fuerte (no es un adjetivo, es como se llama la moneda que sustituyó hace años al antiguo bolívar, uno que ya tenía tantos ceros que amenazaba convertirse rápidamente en una moneda falta de confianza) forzada artificialmente por parte del Gobierno, en un momento en el que la inflación anual se sitúa en el 25%. Vamos que lo costaba antes 100 vale ahora 125.
Los venezolanos ya se lo saben y han salido en tromba a hacer acopio de productos antes de que los precios suban más. ¿Y por qué los precios han de subir ante una devaluación de la moneda?
¿Cansado de tratar de comprender el funcionamiento de la partida doble? Aquí te va un truco aplicable a la mayoría de los asientos contables, no es que sea muy ortodoxo pero funciona. Fíjate:
1º Llámale Entradas al Debe y Salidas al Haber.
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El síndrome holandés, también conocido como “mal holandés” o “enfermedad holandesa” es el nombre general que se le asigna a las consecuencias dañinas provocadas por un aumento significativo en los ingresos de un país. El término surge de la década de 1960 cuando las riquezas de los Países Bajos aumentaron considerablemente a consecuencia del descubrimiento de grandes yacimientos de gas en el Mar del Norte.
Como resultado del incremento de ingresos el florín se apreció lo que perjudicó la competitividad de las exportaciones no petroleras del país. De ahí el nombre de este fenómeno, que si bien no se relaciona con el descubrimiento de algún recurso natural, puede ser el resultado de cualquier hecho que genere grandes entradas de divisas, como un notable repunte de los precios de un recurso natural, la asistencia externa y la inversión extranjera directa.





