Los primeros bancos nacieron en los siglos xvii y xviii de las consignas o almacenes en donde los orfebres custodiaban objetos de valor, principalmente oro y metales preciosos. Los orfebres repararon enseguida en dos detalles fundamentales. Primero, en que a pesar de que las piezas de oro estaban numeradas, no era necesario devolver la misma recibida en custodia: siempre y cuando tuviera el mismo valor que la depositada, los clientes estaban dispuestos a aceptar cualquier otra. Y segundo, en que era prácticamente imposible que hubiera que devolver la totalidad de los depósitos simultáneamente. ¿Para los economicus tiene sentido un montón de oro cogiendo polvo y que nadie reclama? Ni mucho menos así que empezaron a prestar parte de lo recibido manteniendo una reserva prudencial. ¿Pero cuánto es lo prudente? Para unos será más, para otros menos. Por esa razón las autoridades le ponen coto a la avaricia del banquero economicus o recomiendan calma cada vez que intervienen un banco. Sí, es necesario porque cuando de bancos se trata pueden llegar a pagar justos por pecadores. Como si fuera un virus, la desconfianza se puede apoderar de los inversores economicus y derrumbar al sistema financiero como si fueran fichas de dominó.
Archivos de Autor
Abra la cartera, saque un billete de curso legal y piense en todo lo que puede comprar con él. Dependerá del número que lleve impreso junto al resto de datos que nos recuerdan su importe; ya sabe: un determinado color y cierto motivo gráfico como la efigie de un gobernante o un monumento. Ahora vuelva a mirar su billete con más atención y maravíllese, pues está ante uno de los fenómenos más increíbles de la historia de la humanidad. Después de miles de años de comercio y cientos de guerras por el control del oro, las especias o la seda, resulta que hoy ser rico depende del valor total que sumen los números impresos en trozos de papel sin valor alguno en sí mismos. Como los volúmenes de comercio y transacciones comerciales crecían a un ritmo imparable y las reservas de metales preciosos como el oro no, las cantidades de este metal se revelaron insuficientes para respaldar billetes. El homo economicus tuvo que ponerse muy práctico: ya que no había ninguna mercancía lo bastante valiosa como para respaldar los billetes, lo mejor sería prescindir de ese principio. En consecuencia, la utilización del dinero tuvo que convertirse en una cuestión de confianza sin respaldo de mercancía alguna.
Hoy en día, un ciudadano de a pie disfruta de mayor calidad de vida que cualquier rey europeo de la antigüedad. ¿O cuanto creen ustedes que habría pagado el Rey Sol por disponer de una carroza autopropulsada llamada automóvil, hablar desde cualquier lugar del reino por un teléfono móvil o escuchar miles de conciertos música clásica gracias a un iPod? Si antes de los años ochenta se podía decir que en el planeta había un rico por cada cinco pobres, ahora ese ratio ha saltado por los aires. China, 1300 millones de personas, India, 1100 millones, Indonesia, 300 millones, Brasil, 200 millones, Rusia, 140 millones… han protagonizado una Revolución Industrial acelerada que ha enganchado a miles de millones de personas al vagón del Primer Mundo. Y no sólo eso, sino que algunas de esas naciones se postulan como las grandes potencias del siglo xxi. Si la Revolución Industrial marcó el auge de los mercados de los países que la emprendieron, la globalización, con internet y las nuevas tecnologías, ha derribado las fronteras entre los mercados de todo el mundo. El mercado se ha convertido en un fenómeno global en tan sólo veinte años pero tiene muy mala prensa. Y es que los economicus vivimos enfrentados a nuestros deseos: una cosa es lo que el mundo es, y otra lo que nos gustaría que fuera. Todo es mejorable pero objetivamente la humanidad está mucho mejor que antes. Pero el homo economicus es un inconformista nato. Hay quienes siguen viendo el vaso medio vacío.
En la antigüedad los países invadían con ejércitos, ahora lo hacen con empresas y productos. Si “invadimos” nosotros no pasa nada pero cuando somos los “invadidos” el interés personal o patrio sale a relucir y enseguida se alzan voces de protesta que exigen una barrera para frenar la “invasión”. Las ventajas de la especialización de personas y países son fácilmente constatables y son conocidas ya desde el siglo XIX. No obstante existen barreras pensadas para proteger a las empresas nacionales que en realidad lo único que hacen es perjudicar a los consumidores.
En comercio internacional sucede como el dicho del cura: a dios rogando y con el mazo dando. Los países ricos predican sobre la necesidad de abolir barreras pero en realidad los economicus no hablan de todas las barreras sino de las demás. En la maratón del comercio internacional muchos arrancan desde el kilómetro cero pero otros lo hacen desde el diez y solo unos pocos desde el veinte.
En un mundo contaminado y mercantilista nos esforzamos en proteger determinadas especies y animales que gozan de nuestro favor. Pero nos damos de bruces con la realidad. Día a día descienden el número de ejemplares de esta o aquella especie. Si las autoridades no admiten la sustitución de criterios políticamente correctos por otros más prácticos es inexorable que los animales en vías de extinción engrosen el catálogo de especies extinguidas.
Lo sorprendente es que, por incorrecto que parezca y dada la dificultad que entraña su protección, debemos admitir el sacrificio de algunos si queremos salvar a la mayoría. Es duro admitir que un particular buscando su propio provecho es capaz de resolver mejor este tipo de problemas que la más poderosa de las administraciones públicas. Se han ensayado fórmulas con éxito pero aún existen reparos y desconfianza en dejarles a algunos economicus algo que nos afecta a todos.
Limitaciones presupuestarias aparte, servicios como el alumbrado público o la educación pública no son suministrados en base a costes o precios sino por razones de interés público. La ventaja de estos y otros servicios públicos es que son proporcionados con independencia de lo que opinamos los usuarios sobre los mismos. El acceso libre es la gran virtud de los servicios públicos pero se trata de un paquete cerrado. Tanto si nos gustan como no, los ciudadanos somos cautivos de la calidad de los bienes y servicios públicos que nos proporciona el Estado. En la medida que la educación de nuestros hijos es gratuita o semigratuita no sabemos muy bien qué es lo que valoramos en ese pack cerrado que la administración pública nos ofrece. Y como los padres no lo tenemos claro poco pueden hacer las autoridades para corregir el pack que nos ofrecen aún en el caso de que tuvieran recursos para hacerlo. Mientras tanto se suceden los fallos y son destinatarios indeseados quienes se benefician de la mala asignación de unos recursos que pagamos todos.
Hoy día el trabajo asalariado constituye la principal, y muchas veces la única, fuente de ingresos de la mayoría de la población. Como bien preciado que es todos queremos acceder a un puesto de trabajo pero nos encontramos con muchas dificultades. Se trata de un juego con menos sillas que jugadores donde quienes están sentados se esfuerzan por impedir el acceso a nuevos jugadores. Existen muchas barreras pensadas para dificultar dicho acceso, a veces donde menos lo pensamos. Los trabajadores establecidos tratan de controlar el acceso de nuevos trabajadores para salvaguardar sus puestos y cobrar sueldos altos. Y es que si los recursos laborales son escasos más sobrevalorados estarán. Entre esos nuevos recursos o trabajadores se cuentan los inmigrantes y uno de ellos ha sido Kaká, el futbolista del Real Madrid. Kaká es un inmigrante legal que no ha venido en patera al cual no vemos como un inmigrante. ¿Qué es lo que hace que inmigrantes como Messi o Kaká pasen desapercibidos a diferencia de tantos otros?
Si se es la única empresa del mercado no es necesario fidelizar a los consumidores ni preocuparse de competir aunque habrá que estar muy pendiente de las leyes antimonopolio. Los economicus – piensa el ladrón que todos son de su condición – no solemos ver con buenos ojos a las empresas que tienen la sartén por el mango, esto es, a quienes unilateralmente pueden imponer precios y condiciones de venta al mercado. Si realmente nos fiáramos unos de otros no existirían las leyes antimonopolio y no habría problema en atribuirles buena fe a este tipo de empresas puesto que gozan de inmejorables condiciones para mejorar las condiciones de vida de todo el planeta. Los monopolios tienen su club de admiradores y razones de peso no les faltan tal y como veremos en este capítulo. La paradoja es que el mercado te dice que debes competir pero no tanto como para eliminar a toda la competencia porque en este caso serás sancionado. Y si no, que se lo digan al gigante de la informática Microsoft…
Existe otro tipo de mercados en el cual las empresas no tienen que convencer a nadie de que son diferentes. Las barreras de entrada a este tipo de mercados, normalmente en forma de inversiones, son tan fuertes que son pocas las que pueden competir en él. Como los clientes son cautivos de estas pocas empresas, son muchas las tentaciones para no competir. No tiene sentido iniciar guerras de precios puesto que si todas lo bajan solo los beneficios disminuirían. Tampoco pueden no hacer nada porque entonces se les echarían encima las leyes de competencia alegando que se ha formado un cártel pactando precios o repartiéndose el mercado. ¿Qué hacer entonces? ¿Combatir de verdad o fingir que se combate? Por sorprendente que pueda parecer, la lógica del economicus suele llevar a este tipo de empresas todopoderosas a escoger la peor opción de las que pueden elegir. Descubra por qué nos castigan con publicidad los fabricantes de móviles, medias, compresas, automóviles y un largo etcétera.
El incentivo de obtener un mayor beneficio mediante precios lo más altos posibles hace que las empresas traten de limitar el acceso del número de competidores. Cuantos más competidores y menos diferenciado es un producto del de los demás, más difícil resulta cobrar precios altos o expulsar a la competencia. En consecuencia hay que luchar sin cuartel para defender la cuota de mercado y hacerse con la de los demás. La teoría es sencilla, la práctica no tanto. Las empresas economicus se buscan la vida para ser diferentes de las demás a ojos de los consumidores. Son muchas las llamadas pero pocas las elegidas. ¿Quiénes triunfan? ¿Cómo hacerlo? Convertirse en cisne mientras los demás son los patitos feos no es tarea fácil pero si se consigue el esfuerzo merece la pena. El premio es la fidelidad de los consumidores y los réditos numerosos puesto que el fabricante goza entonces de un margen más que amplio para variar el precio o las condiciones de venta.




