Al hilo del movimiento 15M y las recientes elecciones ha vuelto a ponerse de actualidad uno de los cánceres de la democracia: el bipartidismo. Con esta interesante temática arranca mi libro Homo Economicus así que me he permitido extractarlo para que quede clara esta cuestión y se entienda la indignación del 15M con una cuestión latente que, en mi opinión, es sorprendente que haya tardado tanto en salir en titulares. Que conste que aunque Homo Economicus lleva en la calle desde el 12 de abril no me siento responsable de haber alentado esta propuesta en el movimiento 15M. Es un hecho conocido y sabido que desde hace ¡más de 25 años! los partidos mayoritarios evitaron cambiar la ley para no favorecer al tercero en discordia, Izquierda Unida, formación política que desde entonces no ha hecho sino perder votos y es que los electores, ante la falta de efectividad de votarles, optó por el llamado voto útil.
Empecemos por el principio. El reparto de escaños en cada circunscripción española – que es la provincia – se hace mediante la Ley D’Hont, un método matemático que reparte los escaños en proporción al número de votos que haya recibido cada lista. La Ley D’Hont es de uso muy extendido; por citar algunos países se utiliza en Argentina, Bélgica, Suiza, Francia, Portugal, Países Bajos, Turquía o Japón. El sistema en sí no es del todo injusto, pero genera una importante distorsión de la voluntad popular cuando la población está repartida de manera desigual, como sucede en el caso de España, en donde la población se concentra en unas pocas provincias grandes. Esto propicia que un número reducido de partidos acapare los escasos escaños en juego en las provincias medianas o pequeñas. Concretamente, en España veintisiete provincias medianas o pequeñas dan acceso a 3, 4 ó 5 representantes en el parlamento sumando entre ellas el 31% del total de escaños. Además, en el caso del sistema electoral español se quedan sin representación aquellas candidaturas que no alcancen el 3% del total de votos de la circunscripción en que compiten. Este listón electoral mínimo es la explicación de que los votos blancos favorezcan a los grandes partidos: estos votos se agregan al total para determinar cuál es el 3% mínimo. Por otra parte cuantos menos representantes se pueden elegir en una provincia menos proporcional resulta el reparto de escaños. Un ejemplo que ilustra a la perfección esta falta de proporcionalidad se produce en las circunscripciones que eligen a un único representante (Ceuta y Melilla), en donde la lista más votada se lleva el ciento por ciento de los representantes mientras que la segunda, aunque haya quedado diez votos por debajo, no obtiene ninguno. Otros datos de las elecciones generales de 2008 son suficientemente ilustrativos:
Para este sencillo análisis he elegido dos de las circunscripciones más pequeñas en número de habitantes –Teruel y Soria–, dos medianas –Badajoz y Murcia– y las dos más grandes –Barcelona y Madrid–. Se observa claramente que cuanto más grande es una circunscripción en número de electores, menos vale un voto: es mucho más difícil conseguir un escaño en Barcelona que en Teruel. ¿Un hombre, un voto? No es cierto. Las cifras son incontestables: un turolense o un soriano valen tres veces y pico más que un madrileño o un barcelonés. ¿No es sorprendente? En las elecciones generales votamos al Gobierno del conjunto de la nación, responsable de tomar decisiones que nos afectan a todos por igual; y, pese a ello, a la hora de elegir a los miembros de ese Gobierno tienen mucho más peso un soriano o un turolense que un madrileño o un barcelonés.





