En un mundo contaminado y mercantilista nos esforzamos en proteger determinadas especies y animales que gozan de nuestro favor. Pero nos damos de bruces con la realidad. Día a día descienden el número de ejemplares de esta o aquella especie. Si las autoridades no admiten la sustitución de criterios políticamente correctos por otros más prácticos es inexorable que los animales en vías de extinción engrosen el catálogo de especies extinguidas.
Lo sorprendente es que, por incorrecto que parezca y dada la dificultad que entraña su protección, debemos admitir el sacrificio de algunos si queremos salvar a la mayoría. Es duro admitir que un particular buscando su propio provecho es capaz de resolver mejor este tipo de problemas que la más poderosa de las administraciones públicas. Se han ensayado fórmulas con éxito pero aún existen reparos y desconfianza en dejarles a algunos economicus algo que nos afecta a todos.



