Archivo para marzo 2011

Cuando las cuentas públicas están equilibradas o en superávit, los políticos del Gobierno sacan pecho y concluyen que la economía va viento en popa. Lo interesante es que, por sorprendente que parezca, incluso en situaciones de déficit los políticus economicus pueden encontrar de qué presumir con la intención de justificar la confianza de los electores. Con superávit, hablarán de cómo la bondad de las medidas aplicadas ha permitido que rebose la caja del Estado; en caso de déficit, predicarán la bondad de las medidas que pretenden aplicar para reactivar la economía. Los políticos tienen razón en que no hay que preocuparse ante una situación de déficit. Es natural que, cíclicamente, aparezca el déficit como consecuencia de la lucha de los Gobiernos contra las vacas flacas. Si los políticos siempre aciertan entonces… ¿por qué llegan las temidas crisis? Entienda las claves de un discurso que, siendo siempre el mismo, varía según el contexto en el que se aplica.

 

A las crisis financieras les suele acompañar mucho paro, degradación de valor de las monedas nacionales, encarecimiento del crédito, caída de las bolsas, inflación y, por encima de todo lo demás, la pérdida de confianza de los ciudadanos especialmente en las instituciones del ramo: bancos y mercados de valores. Una forma de crisis financiera aguda es la burbuja, apendicitis que no por conocida desde hace siglos deja de ser inevitable. A lo largo de la historia y en los escenarios más diversos, las burbujas se cobran sus víctimas; sus efectos en un mundo cada vez más globalizado e interdependiente son temibles. Como si de un asesino en serie se tratara, y cada cierto número de años, las burbujas salen de su escondite y arrasan las economías de los hombres. Descubrimos las claves de este misterio para que usted puede evitarlas. No obstante, si usted cree que es capaz de entrar en el mercado y enriquecerse antes de que la burbuja estalle, adelante… pero recuerde que siempre hay posibilidades de una brusca caída al grito de «sálvese quien pueda». O de «tonto el último».

Sigo quemando fases hasta el lanzamiento del libro el 12 abril. Ya hay ficha en la página de Planeta y preventa en la casa del libro. Gracias a todos por vuestra paciencia.

Ficha del libro
Pre-venta en Casa del Libro

Los primeros bancos nacieron en los siglos xvii y xviii de las consignas o almacenes en donde los orfebres custodiaban objetos de valor, principalmente oro y metales preciosos. Los orfebres repararon enseguida en dos detalles fundamentales. Primero, en que a pesar de que las piezas de oro estaban numeradas, no era necesario devolver la misma recibida en custodia: siempre y cuando tuviera el mismo valor que la depositada, los clientes estaban dispuestos a aceptar cualquier otra. Y segundo, en que era prácticamente imposible que hubiera que devolver la totalidad de los depósitos simultáneamente. ¿Para los economicus tiene sentido un montón de oro cogiendo polvo y que nadie reclama? Ni mucho menos así que empezaron a prestar parte de lo recibido manteniendo una reserva prudencial. ¿Pero cuánto es lo prudente? Para unos será más, para otros menos. Por esa razón las autoridades le ponen coto a la avaricia del banquero economicus o recomiendan calma cada vez que intervienen un banco. Sí, es necesario porque cuando de bancos se trata pueden llegar a pagar justos por pecadores. Como si fuera un virus, la desconfianza se puede apoderar de los inversores economicus y derrumbar al sistema financiero como si fueran fichas de dominó.

Abra la cartera, saque un billete de curso legal y piense en todo lo que puede comprar con él. Dependerá del número que lleve impreso junto al resto de datos que nos recuerdan su importe; ya sabe: un determinado color y cierto motivo gráfico como la efigie de un gobernante o un monumento. Ahora vuelva a mirar su billete con más atención y maravíllese, pues está ante uno de los fenómenos más increíbles de la historia de la humanidad. Después de miles de años de comercio y cientos de guerras por el control del oro, las especias o la seda, resulta que hoy ser rico depende del valor total que sumen los números impresos en trozos de papel sin valor alguno en sí mismos. Como los volúmenes de comercio y transacciones comerciales crecían a un ritmo imparable y las reservas de metales preciosos como el oro no, las cantidades de este metal se revelaron insuficientes para respaldar billetes. El homo economicus tuvo que ponerse muy práctico: ya que no había ninguna mercancía lo bastante valiosa como para respaldar los billetes, lo mejor sería prescindir de ese principio. En consecuencia, la utilización del dinero tuvo que convertirse en una cuestión de confianza sin respaldo de mercancía alguna.

Hoy en día, un ciudadano de a pie disfruta de mayor calidad de vida que cualquier rey europeo de la antigüedad. ¿O cuanto creen ustedes que habría pagado el Rey Sol por disponer de una carroza autopropulsada llamada automóvil, hablar desde cualquier lugar del reino por un teléfono móvil o escuchar miles de conciertos música clásica gracias a un iPod? Si antes de los años ochenta se podía decir que en el planeta había un rico por cada cinco pobres, ahora ese ratio ha saltado por los aires. China, 1300 millones de personas, India, 1100 millones, Indonesia, 300 millones, Brasil, 200 millones, Rusia, 140 millones… han protagonizado una Revolución Industrial acelerada que ha enganchado a miles de millones de personas al vagón del Primer Mundo. Y no sólo eso, sino que algunas de esas naciones se postulan como las grandes potencias del siglo xxi. Si la Revolución Industrial marcó el auge de los mercados de los países que la emprendieron, la globalización, con internet y las nuevas tecnologías, ha derribado las fronteras entre los mercados de todo el mundo. El mercado se ha convertido en un fenómeno global en tan sólo veinte años pero tiene muy mala prensa. Y es que los economicus vivimos enfrentados a nuestros deseos: una cosa es lo que el mundo es, y otra lo que nos gustaría que fuera. Todo es mejorable pero objetivamente la humanidad está mucho mejor que antes. Pero el homo economicus es un inconformista nato. Hay quienes siguen viendo el vaso medio vacío.

En la antigüedad los países invadían con ejércitos, ahora lo hacen con empresas y productos. Si “invadimos” nosotros no pasa nada pero cuando somos los “invadidos” el interés personal o patrio sale a relucir y enseguida se alzan voces de protesta que exigen una barrera para frenar la “invasión”. Las ventajas de la especialización de personas y países son fácilmente constatables y son conocidas ya desde el siglo XIX. No obstante existen barreras pensadas para proteger a las empresas nacionales que en realidad lo único que hacen es perjudicar a los consumidores.

En comercio internacional sucede como el dicho del cura: a dios rogando y con el mazo dando. Los países ricos predican sobre la necesidad de abolir barreras pero en realidad los economicus no hablan de todas las barreras sino de las demás. En la maratón del comercio internacional muchos arrancan desde el kilómetro cero pero otros lo hacen desde el diez y solo unos pocos desde el veinte.

En un mundo contaminado y mercantilista nos esforzamos en proteger determinadas especies y animales que gozan de nuestro favor. Pero nos damos de bruces con la realidad. Día a día descienden el número de ejemplares de esta o aquella especie. Si las autoridades no admiten la sustitución de criterios políticamente correctos por otros más prácticos es inexorable que los animales en vías de extinción engrosen el catálogo de especies extinguidas.

Lo sorprendente es que, por incorrecto que parezca y dada la dificultad que entraña su protección, debemos admitir el sacrificio de algunos si queremos salvar a la mayoría. Es duro admitir que un particular buscando su propio provecho es capaz de resolver mejor este tipo de problemas que la más poderosa de las administraciones públicas. Se han ensayado fórmulas con éxito pero aún existen reparos y desconfianza en dejarles a algunos economicus algo que nos afecta a todos.

Limitaciones presupuestarias aparte, servicios como el alumbrado público o la educación pública no son suministrados en base a costes o precios sino por razones de interés público. La ventaja de estos y otros servicios públicos es que son proporcionados con independencia de lo que opinamos los usuarios sobre los mismos. El acceso libre es la gran virtud de los servicios públicos pero se trata de un paquete cerrado. Tanto si nos gustan como no, los ciudadanos somos cautivos de la calidad de los bienes y servicios públicos que nos proporciona el Estado. En la medida que la educación de nuestros hijos es gratuita o semigratuita no sabemos muy bien qué es lo que valoramos en ese pack cerrado que la administración pública nos ofrece. Y como los padres no lo tenemos claro poco pueden hacer las autoridades para corregir el pack que nos ofrecen aún en el caso de que tuvieran recursos para hacerlo. Mientras tanto se suceden los fallos y son destinatarios indeseados quienes se benefician de la mala asignación de unos recursos que pagamos todos.

Hoy día el trabajo asalariado constituye la principal, y muchas veces la única, fuente de ingresos de la mayoría de la población. Como bien preciado que es todos queremos acceder a un puesto de trabajo pero nos encontramos con muchas dificultades. Se trata de un juego con menos sillas que jugadores donde quienes están sentados se esfuerzan por impedir el acceso a nuevos jugadores. Existen muchas barreras pensadas para dificultar dicho acceso, a veces donde menos lo pensamos. Los trabajadores establecidos tratan de controlar el acceso de nuevos trabajadores para salvaguardar sus puestos y cobrar sueldos altos. Y es que si los recursos laborales son escasos más sobrevalorados estarán. Entre esos nuevos recursos o trabajadores se cuentan los inmigrantes y uno de ellos ha sido Kaká, el futbolista del Real Madrid. Kaká es un inmigrante legal que no ha venido en patera al cual no vemos como un inmigrante. ¿Qué es lo que hace que inmigrantes como Messi o Kaká pasen desapercibidos a diferencia de tantos otros?

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