En un mercado existe información asimétrica cuando una de las partes posee mucha más información que la otra sobre el producto que se intercambia. El economista George Akerlof – Premio Nobel en 2001 – describió a la perfección esta problemática mediante el mercado norteamericano de coches usados. A la venta hay unos pocos coches que valen la pena – las llamadas naranjas – y bastantes coches malos – los llamados limones-. Como cualquier comprador sabe que tiene muchas probabilidades de acabar comprando un limón cuando lo que en realidad busca es una naranja, indefectiblemente ofrece menos de lo que el vendedor pide por el vehículo. Cuando el comprador puja por un coche que realmente vale la pena, el vendedor – que sí sabe cuáles coches son naranjas y cuáles son limones – se niega a venderlo al precio ofrecido por el cliente de tal forma que los buenos coches acaban por no venderse. Sólo se venderán los de peor calidad porque con los coches limón el vendedor sí aceptará regateos. Como el comprador también sabe esto, ve reafirmadas sus impresiones iniciales de que le van a timar, y todavía ofrece menos dinero cuando el vendedor acepta su oferta. Si comprador y vendedor practicaran este juego hasta el final, también se dejarían de vender limones, pero al final se produce el trato porque a fin de cuentas el comprador necesita el coche y es que si no, ¿a qué fue al concesionario? Lo que se produce en la práctica es algo ya conocido desde hace tiempo como la Ley de Gresham, un principio según el cual los productos de peor calidad acaban expulsando a los de mejor calidad cuando ambos coexisten en el mismo mercado.
Este ejemplo sobre la información asimétrica puede parecer lejano o poco aplicable a la realidad cotidiana pero se produce en multitud de situaciones y contextos. El economista Tim Harford utiliza un ejemplo de una sencillez apabullante para demostrar hasta qué punto la información asimétrica está presente en todos los campos de la vida. Si todavía no ha adivinado por qué no es posible encontrar un restaurante decente en un sitio turístico, el motivo es el siguiente: el turista dispone de muy poca información en relación con la que tienen los hosteleros locales. Un turista llega con el tiempo tasado y tiene que darse, por ejemplo, un “pantallazo” de París en solo tres días. La torre Eiffel, Mont Martre, el Louvre, Notre Damme, Las Tullerías… ¿hace falta que siga? No hay tiempo ni ganas de ponerse a buscar un buen restaurante de tal forma que no tiene sentido que los restauradores den comida de buena calidad. Los turistas que comen en sus locales no van a volver ni lo van a recomendar. Ni falta que hace porque lo relevante es que el restaurante en cuestión esté a mano y que no se coma del todo mal. Por otra parte, póngase en lugar del restaurador, ¿tiene sentido dar buena comida a alguien que no va a discutir el precio ni lo va a recomendar porque al día siguiente va a coger un avión con destino a varios cientos o miles de kilómetros de allí?
Lo mismo sucede con otros servicios menos políticamente correctos como son los de la prostitución. Un turista que se halla de paso no tiene tiempo de seleccionar contactos de tal forma que lo más normal es que utilice lo que tiene más a mano, concretamente los que están cerca de los hoteles y que se hacen notar cuando cae la noche. Es lo que sucede en Madrid en los alrededores de la calle Montera o en los aledaños de Las Ramblas en Barcelona.
Imagen | edweek.org
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