Desde un punto de vista práctico, el terrorismo impone costes a todos, no solo a las víctimas directas. El miedo a un atentado, por muy pequeña que sea la probabilidad de que se produzca, atenaza a pueblos y sociedades enteras. Esa desproporción entre la amenaza y el peligro real hiere más que las balas que salen de las pistolas o las bombas.
Por otra parte si por ejemplo le preguntamos a un extranjero por España lo más probable es que hable de los tópicos: flamenco, toros y siesta. Como tópico también es que en España hay atentados terroristas a cargo de una banda que lucha por la independencia de cierto territorio. Podemos enfadarnos de que el mundo no sepa más de España pero también nosotros somos pecadores: los extranjeros se fijan en lo que es diferente en España con respecto a sus países de igual forma que hacemos nosotros cuando nos fijamos en sus países. Una pequeña investigación revela que los toros, flamenco y siesta tienen una aceptación muy desigual en todo el territorio, por no decir el terrorismo de ETA, que no acontece en todo el territorio español sino principalmente en una pequeña parte de él, esto es, en el País Vasco.
Generalizar es un error comprensible, aunque un error a fin de cuentas. Cuando se produjeron los atentados terroristas del 11 de septiembre y después los de Londres y Madrid, hubo quien aprovechó la ocasión para criminalizar a todo el Islam. En España hay toreros y entre los musulmanes terroristas pero eso no quiere decir que todos los españoles sean toreros y terroristas todos los musulmanes. No obstante no preocupa que haya toreros en una sociedad pero si terroristas durmientes. Los terroristas viven entre nosotros y el día menos pensado se activan y estrellan un avión contra un edificio o ponen una bomba en un transporte público.
Si quisiéramos descubrir a uno de esos terroristas camuflados en la sociedad lo primero que hacemos es caer en el tópico: se trata de un musulmán varón. Hasta ahí vale, pero ya profundizando un poco más y a la luz del perfil de quienes ya han cometido atentados resulta que se trata de personas entre 25 y 45 años, son estudiantes, poseen un teléfono móvil y viven de alquiler. Nada significativo todavía, porque estamos hablando prácticamente de cualquier persona que no tiene trabajo y aprovecha el no trabajo para ampliar estudios (aunque en el caso español lo más seguro es que viva con sus padres…).
Lo referido en el anterior párrafo es lo obvio, ¿qué hay de lo no obvio? Lo no obvio es lo que hizo un tal Ian Horsley (nombre supuesto) al añadir a los tópicos y obviedades otros datos que podían ser recabados por un simple oficinista o, como era su caso, un empleado de banca aunque en todo caso se trataba de datos muy ingeniosos. Esas variables (que no tendría un posible terrorista) fueron:
- Tener una cuenta de ahorro (no tiene sentido ahorrar cuando se va a viajar al Paraíso de tal forma que solo manejan cuentas corrientes)
- Retirar dinero de un cajero automático un viernes por la noche (momento en el que los fieles más fieles asisten a la oración obligatoria y quienes se inmolan en nombre de Alá suelen serlo).
- Contratar un seguro de vida (las compañías no pagan en caso de suicido).
Con estos parámetros y otros que no se mencionan, el llamado Horsley filtró millones de clientes de la entidad bancaria en la que trabajaba y proporcionó a las autoridades una lista de 30 personas de las cuales 5 tenían muchas probabilidades de estar implicadas en actividades terroristas. Cuenta la leyenda que después de entregar la lista, Ian Horsley se convirtió en sir Ian Horsley.
Imagen | actualidadydeporte.com
Fuente | Superfreakonomics
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