Creo que la historia es conocida. David Meca, nadador, descubrió un peculiar negocio casi por accidente. Tras una sanción por dopaje que al final se reveló como falsa, Meca lanzó un reto mediático para reivindicar su inocencia: la fuga de Alcatraz. Sin neopreno, saltó al agua con unos grilletes y nadó seis kilómetros hasta San Francisco. Lo que era una reivindicación se convirtió en una forma de vida y Meca acaba de subir un tramo del río Ulla con ocasión de la celebración del Xacobeo 2010.
El enésimo reto del catalán pasará, sin pena ni gloria, a la lista de decenas de rutas y travesías que desde hace años recorre el nadador siempre que alguien le ponga el dinero y adquiera su espectáculo: da igual si es para cruzar el canal de la Mancha, el estrecho de Gibraltar, de las Baleares a la Península, el lago Ness en Escocia…
Meca llegó, vio, nadó y se fue a montar su show a otro lugar. Estos días y a raíz del revuelo mediático que se le ha dado en los periódicos de Galicia he descubierto que el show, por visto una y otra vez, resultaba cansino a quien quieras que le preguntes. Todo ello sin restarle mérito a su realización.
Sí, vale, pero ¿de qué vive un nadador una vez que no despunta en competición? Antipático o no, David Meca encontró un nicho de mercado tan pequeño y peculiar que lo explota prácticamente en exclusiva. Apoyado en sus dotes como nadador de larga distancia y en su dilatada trayectoria de retos internacionales, Meca vive de eso. Y no parece que viva mal.
Muchas veces la oportunidad laboral está en lo más impensado. Conozco a un par de hermanos que viven (muy bien) de vender audífonos. Hace años nadie daba un duro por ellos cuando alquilaron un local en la calle más céntrica de la ciudad. Pero, ¿qué voy a decir yo? Cuando empecé con el libro de texto en 1999 nadie vio en ello más que un pequeño complemento al sueldo del funcionario. Hoy día ya no soy funcionario, sino escritor.
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