economia para todos

Carpinteros, electricistas, fontaneros… ando estos días instalándome  en una nueva casa y tengo ocasión de tratar con toda suerte de profesionales. Y lo de suerte nunca mejor dicho porque es lo que hace falta para que alguno se presente el día y la hora indicada. Soy puntual hasta cuando quedo con los colegas de tal forma que me cuesta entender que, cuando se trate de negocios, la gente no se presente a la hora.

No estoy diciendo nada que sepa desde hace años así que el criterio para elegir un profesional es sencillamente “uno que venga”.  El jueves por la mañana, después de 7 intentos a través de las páginas amarillas, conseguí que viniera el electricista el mismo día de la llamada. Víctor que así se llamaba el hombre se presentó a la tarde y resultó ser un veterano de cincuenta y tantos. Después de inspeccionar la instalación durante media hora dijo necesitar ciertas cosas del almacén y que volvería el viernes a primera hora. Iba a enfadarme (quien me decía a mí que volvería) pero vi que Víctor dejaba su escalera de madera, una de esas de esas antiguas con pinta de haber estado en mil batallas.

Efectivamente, el viernes se presentó una hora tarde y se puso a la tarea. Dijo que confiaba en acabar a última hora de la tarde con todo lo que iba a hacer pero, hete aquí que después de un par de horas, sonó el móvil. Emergencia: un cliente con una granja tenía un problema con la central de ordeño.

- Nada menos que 120 vacas, imagina – dijo con cara de circunstancias.

Marcho volando y dijo que si arreglaba pronto volvería por la tarde. Cuando vi que se llevaba su preciada escalera de madera supe que, como mucho, llamaría para decir que no volvía hasta el lunes. Me equivoqué, tampoco llamó. Compuesto y sin electricista se lo comenté a mi hermano durante el fin de semana. Él conocía a Victor.

- ¿Víctor? ¿Te ha ido Víctor? No me lo puedo creer.

Se explicó. Era casi imposible que Víctor, un electricista de primera (aunque no ciertamente para lo que hacía falta hacer en mi casa), atendiera el móvil porque solo atendía las llamadas de la agenda y nunca devolvía las llamadas de los números desconocidos. Según me contó mi hermano lo que hacía Víctor era muy sencillo y podía permitírselo porque era muy bueno. Solo trabajaba para  los clientes a los que podía cobrar lo bastante para que le compensara ir (mayormente empresas) aunque, de vez en cuando, aceptaba trabajillos.

Me quedé pensando lo que me iba a cobrar el hombre cuando apareciera con su escalera de madera para acabar la faena pero no pude evitar sonreírme pensado en que sus planes profesionales eran los mismos que los de cualquiera. Da el mismo trabajo poner un enchufe en la casa de un particular que en la de una empresa. La diferencia es que a la empresa le puedes cobrar mucho más que al particular. Y es que la selección de clientes, siempre que sea posible, es una de las mejores estrategias para rentabilizar un negocio.

Como escritor me sucede lo mismo, cualquiera de los libros que escribo da un trabajo horrible (unos 9 meses desde que se piensa hasta que sale al mercado y sí, es como un embarazo) pero luego de uno vendes 1.000 y de otro 5.000 ejemplares. Después de muchos años y muchas publicaciones procuro escribir, cómo no, los que sé que van a vender 5.000 ejemplares pero eso no quita que al principio tuviera que escribir varios de 1.000.

Imagen | manuel cama sotelo

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En esta entrada hay 2 comentarios. Añade el tuyo.
Mar Expósito - 02 dic 09 a las 22:53:05

La broma -y el truco- está en saber elegir: tener la cabeza fría y calculadora… Eso a veces no es posible, y desde luego sí que es muy acertado eso de que lleva su tiempo.

Anxo Penalonga - 03 dic 09 a las 00:10:40

Muchas veces no se trata de pensar mucho sino de pensar diferente. Cuando empecé con los libros me dijeron que estaba loco porque nunca me iba a compensar. Confío en que encuentres tu camino, Mar.