
Algunas de las consecuencias de la crisis económica que vivimos van a ser una mejor regulación del sistema financiero, el reconocimiento del peso de los países emergentes, quizá el reforzamiento de la ayuda financiera internacional, una mayor coordinación de determinadas políticas económicas nacionales y, probablemente una aceleración del cambio en la relación de nuestro modelo económico con el medio ambiente. Y para todo ello se va a hacer uso de una institución de coordinación, el G20, que será el orientador de la acción pública en un mundo que progresa (con renglones torcidos a veces) gracias a la globalización.
En la primera reunión del G20 bastante se logró con acordar pautas de acción comunes en el refuerzo de las entidades financieras y en la aplicación de estímulos fiscales. Se evitó la tentación proteccionista, aunque posteriormente a Obama no le desagradaron algunas medidas de preferencia por la producción estadounidense. Pero algo había que firmar, claro está, y para eso nada más popular que un acuerdo para actuar contra los paraísos fiscales, en los que no está ni mucho menos el origen de la crisis financiera.



